Juro ante todos mis lectores que la historia que estoy por contarles es completamente cierta, que en ningún momento he incluido un acto de exageración o he sucumbido ante la ambición de ser admirado. Aclaro que muchos me considerarán un mentiroso mientras para otros seré personaje de su mayor asombro. Por tales motivos quiero dejar en claro mis intenciones. Comparto con ustedes mi experiencia a fin de que cada uno juzgue y descubra por su cuenta aquellos sorprendentes y aterradores sucesos que me han llevado a la más profunda experiencia metafísica que un individuo en mi condición pueda experimentar.
Comenzaré mi historia destacando mi profunda curiosidad, tan admirable era o aún lo es (no lo sé) que combinada con mi formación lógica, analítica y enfocada en la ciencia me había llevado a ser uno de los estudiantes más admirables y prometedores de la facultad de medicina, ya era yo reconocido con el mayor honor dentro de la comunidad científica y aún no había obtenido mi título. A pesar de mi amplía experiencia y conocimiento en temas de cirugía y patologías derivadas de microorganismos, experimentaba una asombrosa fascinación por la psiquiatría especialmente en aquellos casos que no han sido bien definidos como psicosis o histeria, mi fascinación llegaba a su más grande éxtasis en aquellos casos conocidos como posesiones demoníacas. No es que yo sea una persona religiosa o tenga algún particular interés en la teología; mi fascinación era derivada del reto per se en los temas de posesión, el reto de definir tal suceso dentro de la ciencia y el estudio formal a fin de darle un significado gnóstico para poder incluirla dentro del campo clínico.
Evidentemente primero debía encontrar un individuo que hubiera sido rechazado para un tratamiento o intervención psiquiátrica y que a la vez estuviera bajo el proceso de liberación o también llamado exorcismo; para mi fortuna conocía un compañero bachiller que guiado por la embriaguez de la fe había decidido tomar el camino del sacerdocio. Lo más difícil fue localizarlo entre sus intercambios parroquiales y sus visitas a Roma, pero al final conseguí contactarle e interesarle lo suficiente en mí idea (claro, tuve que agregar algunos detalles eclesiásticos aunque no creía en lo más mínimo en ellos para convencerlo de mediante su institución ser hospedador de tan interesante misterio).
Así pues, él decidió avisarme cuando encontrara un caso que cumpliera mis exigencias y en el cual él y yo pudiéramos intervenir con seguridad; aunque de verdad a mi lo que me importaba no era la falsa seguridad (¿quién puede estar seguro encerrado con un psicótico?), mi verdadero interés era que nadie más hubiera atendido a ese paciente, es decir, encontrarle en el estado más puro de la patología, así, podría estudiar a plenitud las características de tan particular comportamiento.
Tuve que esperar 3 meses hasta que mi compañero me informará que había encontrado a nuestro individuo de pruebas, recuerdo que mencionó algunos detalles sobre nuestro "conejillo de indias", por supuesto todas ellas hacían referencia a la abominación del diablo y el profundo castigo espiritual de estar lejos del Santo Padre; aunque eso no me interesaba, me alegró escucharlo porque era lo que deseaba, un caso legítimo y confirmado por el vaticano de posesión demoníaca.
Desafortunadamente no nos dejarían participar hasta que un clérigo experimentado en exorcismos dirigiera el caso y para que eso ocurriera debía pasar más o menos un mes (burocracia eclesiástica creo yo). Me tomo dos arduos días convencer a mi compañero que nosotros podíamos hacernos cargo del caso, que ese pobre hombre necesitaba del amor de Dios cuanto antes y que no debíamos esperar solo por un trámite religioso, que Dios guiaría nuestro camino y nos daría la fuerza para cumplir su voluntad en aquel desdichado (lo sé, lo sé, tuve que mentir bastante).
Al principio mi amigo sacerdote se mostró bastante desconfiado, pero después de mi insistente persuasión quedó completamente convencido que debíamos actuar cuanto antes. Fijamos vernos tres días después fuera de la casa de nuestro paciente, pero mientras, debíamos estudiar y empaparnos de la información necesaria para atender nuestro caso; por su puesto él se refería al estudio de las Santas Escrituras y la constante oración, pero yo aproveché ese tiempo para repasar todas mis notas referentes a la psicosis, la histeria y algunas otras psicopatologías relacionadas.
Durante la noche anterior y la mañana del día designado para nuestra actividad me dediqué a preparar las herramientas que me serían útiles para documentar la investigación, mi intención era obtener la mayor cantidad de datos para analizarlos a profundidad posteriormente. De tal manera, preparé una pequeña vídeo cámara que a pesar de su tamaño proporcionaba imágenes de excelente calidad, en mi bolsillo guarde una grabadora que había comprado específicamente para éste caso y que tenía un micrófono de alta sensibilidad, a fin de captar hasta los sonidos más tenues, me tomé tanto esfuerzo ya que es conocido que en los casos de posesión demoníaca los sonidos otorgan información vital porque en ocasiones a través de los sonidos o el tono de voz del poseso se puede saber la identidad del demonio; aunque en mi caso tal teoría me parecía absurda, aun me interesaba captar los sonidos y diversos tonos de voz por si nuestro paciente presentaba un trastorno de identidades múltiples las cuales podrían agravarse o explicar en parte su trastorno psiquiátrico; además de estos aparatos electrónicos guarde en mi maletín medico una lupa, una pequeña libreta en la cual había escrito una lista de las características más sobresalientes de los padecimientos de psicosis e histeria, también guardé un bolígrafo y por supuesto, todos mis instrumentos médicos incluyendo una pequeña lámpara que me sería útil para monitorear el estado del paciente mediante la observación de la pupila.
Llegué temprano a la casa del paciente y me sorprendió ver a mi amigo sacerdote esperándome, nos saludamos de mano y sin mucha cordialidad a pesar de que no nos habíamos visto por años, pero supongo que esa frialdad y poca empatía me sería útil si quería cumplir mi objetivo, aunque también entendía plenamente que si quería lograrlo, debía jugar un doble papel, el de investigador médico y el de instrumento de Dios, todo con la finalidad de obtener la confianza y evitar las sospechas de mi compañero sacerdote.
Me encaminaba hacía la puerta de la casa que alojaba al paciente pero la mano suave del sacerdote me detuvo, cuando gire la cabeza para saber la razón de aquel movimiento vi como él agachaba la mirada y comenzaba a declamar en tono medio una oración, me di cuenta de sus intenciones y sin interrumpir también agache la cabeza para acompañar la oración, mientras él declamaba el "padre nuestro" yo pensaba sobre si mi acto inoportuno y visceral de acercarme a la puerta sin la fortaleza del Señor habrían despertado sospechas en mi compañero, cavilaba yo en muchas hipótesis y posibles respuestas por si era confrontado por tal situación cuando mi acompañante levanto su cabeza y mirando al cielo dijo "amén", sin pensarlo dos veces también levante la cabeza y dije la misma palabra, me preparaba para ser confrontado pero a cambio de eso solo recibí una amigable sonrisa un gesto con la mano de mi amigo que señalaba hacia la puerta como diciendo: "ahora sí podemos pasar"; respondí tal gesto con una sonrisa similar y extendí la mano en respeto cediendo el paso y el primer lugar al sacerdote, aunque por dentro moría de ganas por pasar cuanto antes a ver a nuestro paciente.
Así pues tras unos golpes en la puerta escuchamos los pasos lentos de alguien en el interior que seguramente se acercaba a atender la puerta, mientras quien fuera se acercaba a la puerta saqué mi cámara y la preparaba para grabar todo ya que no quería perder detalle; entonces, recordé que nunca le había avisado al sacerdote que llevaría aparatos para registrar nuestra visita, así que rápidamente voltee para preguntarle y me sorprendió oírle responder que era absolutamente oportuno e inteligente de mi parte haber tomado tantas molestias y precauciones para tener un perfecto registro de los acontecimientos, seguramente teníamos ideas diferentes para usar las grabaciones y registros, pero por el momento tenía toda la autorización para usar mis aparatos. No había pasado mucho tiempo cuando la puerta se abrió. Ante nosotros estaba una anciana de quizá unos 75 años encorvada por la vejez y con los dedos torcidos por la artritis, el sacerdote me la presentó como la madre de Agustín (hasta éste momento conocí el nombre del paciente) saque del maletín el cuaderno y el bolígrafo y registre el nombre, lo subraye un par de veces para tenerlo presente. La vieja por petición mía accedió a dejarnos grabar y visitar toda la casa para recabar datos, mientras yo hacía una inspección rápida con la mirada la mujer completamente quebrantada daba gracias al clérigo y le besaba la mano en señal de confianza y sumisión, del mismo modo se acercó a mí para besarme la mano y a pesar de que le dije que no era necesario, accedí finalmente para darle un poco de calma (evidentemente limpie mi mano en mi pantalón una vez que la anciana se dio vuelta).
Una vez dentro, con las autorizaciones pertinentes y toda mi curiosidad en marcha me dispuse a revisar la casa; mientras yo me movía por los cuartos de la planta baja de esa pequeña y oscura casa, el sacerdote y la anciana se dirigían a la cocina para charlar (y a rezar seguramente).
Por mi parte, agudicé cada uno de mis sentidos para no dejar pasar ningún detalle, comencé a moverme por la recepción y a unos cuantos pasos pude notar que en la casa había una temperatura más baja en relación al exterior, este fenómeno no me sorprendió ya que así sucede generalmente en todas las construcciones, pero la temperatura de este lugar era peculiarmente baja, podría describir el fenómeno como un frío seco, parecido al de un refrigerador aunque esta temperatura era fácilmente tolerable hasta sin suéter, solamente anoté en mi libreta: baja temperatura, aprox 14 a 17°C. Mi mente lógica no dejo pasar el suceso inadvertido y pronto me descubrí dando posibles hipótesis a los fenómenos, por ejemplo la baja temperatura podría asociarse a una filtración de aire por las debajo de puertas o desde el basamento de madera, ya que es bien conocido que el aire frío debe ascender a mayores alturas para calentarse; de esta forma un volumen grande de aire frío almacenado dentro de la casa podía ser el responsable del descenso de temperatura.
Mi curiosidad y mi lógica quedaron satisfechas después de algunas explicaciones simples aunque lo que mayormente me interesaba era saber la razón por la cual el paciente se encontraba en ese estado. Entonces continúe mi marcha por la desordenada y sucia casa mientras en mi libreta iba anotando algunos datos que me parecían relevantes, anote la extraña situación de que las ventanas se encontraban todas cubiertas con trapos de color negro que apenas permitían la entrada de la luz exterior y que la casa en lugar de ser iluminada con luz eléctrica se encontraba completamente llena de velas como fuente de iluminación, excepto en el caso de la cocina, que era el único lugar con un pequeño foco encendido colgando del techo; anoté también la ubicación de las ventanas (buscaba pruebas a mi hipótesis para el caso de la temperatura y otras observaciones), deje registro sobre el estado de los muebles y revise una repisa que estaba saturada de medicamentos, aunque encontré algunos analgésicos, antibióticos y medicamentos de uso común no encontré el menor rastro de medicamentos para el tratamiento de la psicosis o la histeria, eso confirmó y alentó mi investigación sobre que el paciente no se encontraba bajo ningún tipo de tratamiento desde hace un largo tiempo.
En este punto quiero hacer mención de un suceso de extraña peculiaridad, mientras revisaba uno de los sillones mal colocados en la sala, vi debajo del mismo una mancha grande y de aspecto denso la cual sólo logré apreciar por su contraste con el suelo ya que la poca luz proporcionada por las velas me impedía observarlo con más detalle; me agache colocando una de mis rodillas en el piso y en el momento justo cuando me recliné para tocar aquella mancha y tomar una muestra con el bolígrafo, sentí un dolor profuso en el cuello, una extraña sensación eléctrica que recorrió todas mis vertebras hasta llevar aquella sensación crepitante a mis pies, intenté incorporarme pero me sentí suspendido, como si un baño de cemento se hubiera vertido sobre mí, incluso esa sensación eléctrica había llegado a mi lengua a través de mi mandíbula evitando que pudiera gritar o gesticular alguna palabra, me sentí indefenso y mi cerebro dejo de pensar en razones lógicas y se dedicó únicamente a llenarme de terror, del miedo de sentirme indefenso en una situación que consideraba bajo mi control, aunque la sensación no duró más que un par de segundos su profundo impacto me acompañaría durante todo el tiempo que estuve en ese lugar (incluso ahora creo que no ha terminado), transcurridos unos segundos más logré incorporarme llevándome las manos a la nuca, presionando fuertemente mi cuello y colocando los dedos entrelazados sobre mis vértebras, aunque la sensación no se había disipado completamente ya podía utilizar la lengua y hablar con naturalidad; me basto mirar hacia la cocina un par de veces para saber que el sacerdote y la anciana no habían notado nada extraño, así que no comenté nada aunque a partir de ese momento y por una razón extraña adquirí mucha inseguridad sobre el asunto, desde entonces me dirigía en aquel lugar con más precaución y calma. Unos minutos después en mi cabeza resonaban las palabras contractura muscular cervical generada por estrés, aunque posiblemente era lo que me había acontecido cavilé sobre manera en retomar mi camino despreocupado y arriesgado, ya que nunca antes había experimentado algo similar y mucho menos me había sentido tan impotente como en esos breves segundos.
Finalmente resolví terminar mis observaciones y anotaciones en la cocina para incorporarme a la larga conversación del clérigo y la vieja.
Al llegar a la cocina la anciana me seguía diligentemente con su mirada onda y cansada; y finalmente cuando todos estuvimos reunidos en la cocina me di cuenta que tenerla tan cerca me serviría para tener información vital acerca del caso, mediante mis preguntas conseguí saber que Agustín era un hombre de 42 años, que había estado internado hace dos años en un hospital psiquiátrico donde lo tenían controlado únicamente mediante el uso de potentes sedantes y que ella había resuelto sacarlo del nosocomio seis meses después debido al daño hepático que se le presentó como consecuencia del tratamiento médico y a la imposibilidad de la institución para resolver el problema médico; supe sobre la fascinación extraña que compartían la madre y el hijo por las lecturas de cartas y la brujería; para el sacerdote representó el fundamento de la posesión demoníaca, pero para mi solamente era un importante dato, ya que es sabido que en algunos rituales de magia se suelen usar hierbas que contienen componentes que pueden afectar y dañar al sistema nervioso central que en resumidas cuentas podía llevar a diferentes psicopatologías. Aunque no tenía toda la información, mi caso médico comenzaba a adquirir forma y entonces muchos eventos como las cortinas negras cobraban sentido (aunque personalmente consideraba la magia sólo como patrañas).
Después de una larga exhortación del sacerdote hacia la anciana sobre lo malo y pecaminoso de la bujería y del profundo arrepentimiento de la vieja, decidimos mi amigo clérigo y yo, que era tiempo de ver a Agustín. Un poco temblorosos y desconfiados nos levantamos de la mesa (aunque yo además aún tenía la resaca de mi experiencia anterior), nos encaminamos hacia las escaleras y mientras llegábamos a ellas decidí cambiar las cintas de la videocámara y la grabadora, saqué del maletín lo que necesitaba y para cuando llegamos al primer escalón ya tenía renovado todo el equipo documental, guardé las cintas con que grabe en la planta baja de la casa e hice una inspección rápida dentro del maletín para ver si no faltaba nada.
Poco a poco, con mayor seguridad pero una sería incertidumbre subimos las escaleras, la planta alta constaba sólo de un pasillo con tres puertas, según la vieja, la primera era su habitación, la segunda el baño y la tercera el cuarto de Agustín. El sacerdote y yo nos miramos unos segundos como meditando esa información y preguntándonos sin hablar sobre si estábamos listos para pasar al cuarto del paciente o antes alguno debía ir al baño, ante esa situación pude mirar en mi amigo una imponente palidez, miré sus labios color púrpura y supe que el miedo comenzaba a invadirlo. Querido lector, ojalá no hubiera visto aquella imagen de mi compañero, ojalá usted sea prudente y tenga como señal aquella aterradora situación, porque lo que viví a partir de ese momento ha quedado tatuado en mi memoria (quizá en mi cuerpo también), los eventos que nos siguieron y son razón de este escrito los describo a continuación.
Sin pausas, decidimos entrar a la habitación de Agustín, la anciana sólo nos acompañó hasta su puerta y después presurosamente se perdió en el pasillo y solo escuchamos sus inseguros pasos en la escalera. Como al llegar a la casa, cedí el primer lugar al sacerdote, aunque esta vez mi acción fue tomada por cobardía, aun así mi compañero decidió pasar primero. Giró el picaporte tan despacio que casi pudimos escuchar todo el mecanismo para abrir la puerta, cuando la puerta se abrió fuimos golpeados por un hedor putrefacto, asqueroso, una combinación entre carne podrida y heces fecales, casi nos fue imposible entrar sin cubrirnos la nariz y la boca con la mano, sin rendirnos aún mi compañero empujó la puerta y tras un breve chasquido ambos quedamos dentro de la habitación y fue mi turno para cerrar la puerta tras de mí; inmediatamente note que la temperatura era aún más baja que en el resto de la habitación, sin preocuparme en anotar eso, tomé mi cámara y grabe la sencilla habitación, la cual tenía una sola ventana cubierta completamente con maderas atravesadas, debajo de ella había un pequeño mueble con cuatro niveles de cajones y sobre él 3 veladoras negras encendidas que en conjunto eran toda la luz de cuarto; a un lado del mueble estaba un pequeño buró con un sólo cajón y junto a él una cama individual sobre la cual solo se veía un bulto de harapos aunque también se podía notar que de aquel bulto salían un par de brazos atados cada uno a un lado de la cabecera y en la parte final de la cama se observaban solo unas tiras desgarradas, viejas y un poco ensangrentadas con las cuales seguramente se había intentado amarrar a nuestro paciente. El olor era tan intenso que no habíamos podido quitarnos las manos de la cara y nuestros ojos comenzaban a irritarse; en un acto impulsivo el sacerdote comenzó a jalar desesperadamente de las tablas que bloqueaban la ventana y tras no obtener resultados decidí ayudarlo, coloqué la cámara en el mueble y después de unos jalones fuertes conseguimos arrancar una tabla y hacer el suficiente espacio como para meter una mano y abrir la ventana; habíamos logrado crear un espacio lo suficientemente grande para que la putrefacción saliera y el aire fresco entrará, de esa manera y al observar por el hueco pude ver que ya era noche, aunque desconocía la hora exacta y durante mi inspección no había encontrado algún reloj en la casa que me diera esa información, de cualquier modo no lo consideraba importante.
Un poco después, recuperados de aquel hedor comenzamos a dudar sobre si nuestro acto podría haber despertado o causado algún malestar en Agustín, lo miramos fijamente pero no notamos ningún movimiento, ni siquiera aquél generado por la respiración, lo que me hizo dudar que el paciente siguiera vivo; tal vez había estado tanto tiempo recostado allí que había muerto sin que nadie se diera cuenta y el hedor era producto de su cuerpo en descomposición. Deje la cámara sobre el mueble pero dirigí el lente hacía Agustín, me percaté de estar tomando el ángulo correcto y me dispuse a buscar el estetoscopio en mi maletín, lo saqué y me acerqué hacía el paciente para escuchar los latidos de su corazón, me detuve al llegar al borde de la cama y me coloqué el estetoscopio, apenas me había reclinado y a través de las bocinas del instrumento comencé a escuchar una voz grave, muy forzada un sonido gutural que decía: Doctor, Doctor, ¿ha venido a visitarme?, estoy muy grave Señor Doctor. Mi cuerpo se quedó paralizado, giré y vi en la cara del sacerdote una mirada curiosa pero calmada, me quité el estetoscopio y le pregunté si había escuchado alguna voz o si se había percatado de algún sonido, pero su respuesta fue negativa. Una vez más me puse el estetoscopio y me recliné para terminar la tarea que me había propuesto, nuevamente escuché aquella voz que era tan forzada como si saliera de la boca de alguien a quien se le estrangula; está vez tenía un mensaje diferente: Doctor, acérquese, necesito que me revise, algo ocurre dentro de mí, algo ha muerto en mi interior. Completamente atónito me aleje de un brinco arrancandome el estetoscopio de los oídos y le comenté mi experiencia al clérigo; él más sereno ahora que el hedor se había disipado parcialmente comentó que era una muestra clara de que el demonio seguía morando dentro que aquella criatura de Dios; entonces mucho más seguro que antes saco de su portafolios una Biblia y me la dio mientras me decía que buscara es Salmo número veintitrés y que por su parte comenzaría con el exorcismo.
No me fue fácil dar con aquel Salmo, pues la lectura de la Biblia no era algo que estuviera en mi itinerario, pero una vez ubicado el libro y el capítulo adecuado comencé a leer... El Señor es mi pastor, nada me faltará... mientras leía, el párroco comenzó a gritar con fuerza hacia el bulto de cobijas, estiércol y sangre. Movía las manos con fuerza y repetía incansablemente: manifiéstate criatura infernal, manifiéstate y póstrate por que el Señor ha venido a visitarte, ha venido a expulsarte y regresarte a tu tierra maldita, manifiéstate que es Dios el que te habla. Como una ola de mar que crece poco a poco para convertirse en una gran fuerza, el bulto que habíamos visto comenzó a vociferar, a retorcerse y a girar aun sin importar que sus muñecas estuvieran atadas, es más, parecía que ni siquiera lo recordaba porque fui capaz de escuchar como crujían y tronaban sus huesos y cuando podía alzar la vista veía como aquella masa antes inmóvil comenzaba a tener forma humana a pesar de los muchos movimientos y forcejeos que hacía para liberarse. Seguramente algo que había dicho mi compañero había alterado la mente del paciente y por un ataque de psicosis había decidido terminar con aquello que consideraba una amenaza, mientras que la histeria lo había llevado a intentar acabar con nosotros sin importarle el dolor que podría infringirse, es más, el daño que ya tenía; porque apenas y las cobijas cayeron, vi su cuerpo y pude notar su inmensa desnutrición y deshidratación, tenía los ojos sumidos y demasiado amarillos que me confirmaron el daño hepático que había comentado la vieja, ictericia , decía mi mente; me asombró notar que su piel presentaba un color grisáceo y tenía una gran resequedad que parecía hecho de cenizas; en sus codos, rodillas, pies y manos (Agustín estaba sólo en ropa interior) noté muchas torceduras y deformidades, no podría afirmar si eran debidas a artritis, a la desnutrición o como consecuencia de sus ataques histéricos que lo llevaban a generarse daños físicos.
Ante aquel drama que se desarrollaba frente a mi, con el sacerdote gritando sus alegorías religiosas y nuestro paciente retorciéndose atado en su cama concebí que mi papel sólo de lector era bastante ridículo, en realidad debería ser yo el que se involucrara con Agustín, entonces, en la primer oportunidad arroje la Biblia al piso y tome de mi maletín la pequeña lámpara que había preparado, coloqué en mis oídos el estetoscopio y me acerqué presurosos al paciente, mientras lo hacía note la cara de confusión, enojo y decepción de mi amigo al verme arrojar el Santo Libro. Una vez al lado de la cama no escuché más la voz grave que me había aterrorizado está vez oía las risas y burlas que Agustín hacia al párroco porque lancé la Biblia. Se burlaba y lo llamaba débil, simple humano, mortal. Gritaba con tanta furia y se reía con tanto estruendo que creí inconcebible que las cuerdas vocales humanas pudieran soportar tanto, era tal el escándalo que tuve que arrancarme el estetoscopio nuevamente para evitar que se me dañaran los oídos, entonces, decidí utilizar la lámpara para mirar en los ojos de aquel individuo. Me recline sobre su cara y tuve que dar un salto atrás para no recibir una mordida; no cabía duda que estar cerca del paciente representaba un gran riesgo. Afortunadamente para el sacerdote y para mi, traía entre mis cosas un anestésico potente y un par de jeringas, sin dudar, preparé la inyección y la administré al paciente a través de uno de sus brazos amarrados, muy pronto, sus gritos y su violencia comenzaron a disminuir hasta convertirse en la calmada comparsa de la respiración profunda. Más calmados el sacerdote me exhortó fuertemente sobre nunca contradecirlo y apegarme al protocolo del exorcismo (el cual sólo él conocía), después de unas duras palabras y mucho debatir, aceptó que yo había venido a cumplir mi parte médica, entonces resolvimos que sería prudente alternarnos, así podría evaluar el estado de Agustín durante todo el proceso, sin más, me acerqué para tomar los primeros datos aprovechando que se mantenía el efecto de la anestesia, una vez que tomé la presión, revisé las pupilas y por fin pude escuchar la respiración y los latidos de su corazón, decidimos que nos sería más fácil si amarrábamos los pies al paciente, así, evitaríamos tantos brincoteos y el riesgo de recibir una patada.
Usamos las cobijas para crear unas amarras que consideramos resistentes y las colocamos alrededor de los tobillos de Agustín, lo sujetamos fuertemente a la cama, justo donde se veía que lo habían amarrado anteriormente. Como médico siempre estuve en contra de éstas prácticas, pero después de casi recibir una mordida, prefería tomar todas las precauciones.
Con Agustín profundamente dormido y atado se me ocurrió una maravillosa solución para el problema del exorcismo, coloqué una cinta nueva en la grabadora, presioné el botón para grabar y declame todo el Salmo veintitrés, así, podría encargarme del asunto médico sin preocuparme por la trivialidad del ritual. El sacerdote no quedó muy convencido de mi medida, pero tuvo que aceptar después que le hice saber que no retomaría la lectura por mi cuenta.
Cuando terminé la grabación y la escuche para asegurarme que fuera de buena calidad decidí salir del cuarto del paciente para entrar al baño, abrí la puerta del mismo y buscaba el apagador (olvidaba que solo había velas en esa casa) cuando al pasar mi mano por uno de los muros completamente en penumbras sentí como alguien sostenía mi mano con algo parecido a garras, en un movimiento estrepitoso jale mi mano generándome unos largos rasguños sobre toda la contra cara de la mano, apenas había contraído mi mano y la llevaba a mi pecho para protegerla y protegerme cuando sentí un duro golpe en el pecho que me expulsó del baño, mi cabeza golpeó el contra muro del pasillo y quedé inmóvil, un segundo después sentí nuevamente electricidad recorriendo todo mi cuerpo, estaba tirado, con mis piernas extendidas, inmóvil y lleno de pánico por que nuevamente me sentía vulnerable y está vez había sido real, alguien o algo me había herido y se había burlado de mi expulsándome del baño como si se tratara de un bulto. Tendido en el piso me quedé quieto observando hacia el rectángulo negro que era la puerta del baño esperando a mi agresor, quizá esperando que acabara conmigo de una vez.
Las palabras del clérigo que me llamaba desde la puerta de Agustín me hicieron salir de mi trance, me decía que el paciente comenzaba a moverse y a respirar rápido, que seguro despertaría de un momento a otro, quizá él pensaba que había salido a sentarme fuera del cuarto porque no me preguntó sobre porque estaba tirado. Escuché sus palabras y me dispuse a levantarme, mi cuerpo respondió algo lento pero conseguí ponerme de pie y regresar al cuarto para seguir la investigación aunque de verdad ya mejor quería largarme de ese maldito lugar; la fascinación por mi investigación se me había acabado en el momento que alguien o algo había decidido agredirme y expulsarme del baño.
No muy convencido regresé al cuarto y comprobé que el efecto la anestesia estaba por terminar. Nuevamente hice la evaluación del paciente y cambié la cinta de la videograbadora. No pasaron mucho minutos para que Agustín recobrara la consciencia y cuando lo hizo abrió explosivamente los ojos y se nos quedó mirando fijamente, su mirada lucía diferente y desubicada, nos sorprendió su voz calmada que nos preguntaba quien éramos, que hacíamos en su casa y porque lo habíamos atado, está nueva personalidad no era nada parecida a lo que habíamos visto de él antes. Confirmé que está debía ser su personalidad real y que por ahora se encontraba completamente cuerdo. Me quedé mirando al sacerdote que decía que el demonio le había dado la oportunidad de expresarse pero que en cualquier momento volvería a tomar posesión de Agustín.
Cuando el párroco terminó su argumento nuestro confundido y temeroso paciente preguntó con voz más alta y segura sobre que hacíamos en su casa, al sacerdote le pareció poca cosa y lo ignoró como si no le interesara en nada explicarle al paciente lo que ocurría. Furioso Agustín luchó por incorporarse y trató de romper las amarras con los dientes aunque apenas y alcanzaba a morderlas, además nos insultaba y decía que nos largáramos de su propiedad cuanto antes, incluso clamaba de vez en cuando a su madre para que lo auxiliara.
Mi compañero me exhortó a que no hiciera nada por librarlo, que lo que veíamos era una artimaña del demonio para engañarnos, sin embargo, yo veía en el paciente una real desesperación y temor, más de una vez me vi tentado a desatarlo pero también sabía que para que regresará el estado psicótico del paciente podrían pasar unos segundo o meses y no quise arriesgarme a recibir una mordida. Mientras Agustín gritaba, nos maldecía y se revolcaba en la cama, el párroco sacó de sus cosas un pequeño frasco dorado completamente grabado con figuras estilo barroco, mientras lo destapaba me preguntó si estaba listo para continuar y me pidió poner la grabación del Salmo veintitrés por que le echaría agua bendita al desafortunado hijo de Dios, dijo que esa agua era un líquido tan puro y sagrado que ningún demonio podía soportarlo. Sin preguntar más giro para ponerse de frente a Agustín, casi justo donde estaban las amarras que rodeaban los pies del desafortunado y sin pensar comenzó nuevamente su cantar eclesiástico mientras le arrojaba el líquido al desdichado Agustín quien al primer contacto con aquella sustancia le cambió la voz a la de una mujer, la cual reconocí como la de la vieja que nos recibió al llegar; el echo era tan extraño que no pude esconder mi cara de asombro, este paciente tenía trastorno de identidades múltiples como lo había previsto antes, y no sólo eso, me sorprendía su capacidad de imitación. Agustín gritaba en voz de la vieja que pararan de torturarlo que no le arrojara más aquel líquido, me impresione al notar como las gotas de la sustancia que le lanzaba mi compañero tocaban su cuerpo e inmediatamente aparecían llagas profundas y rojizas, pude ver como salía un extraño vapor de ellas el cual olía a azufre, metales, sangre y putrefacción, vi como supuraban algo parecido a sangre y pus, Agustín furioso trataba de alejarse lo más posible pero estar atado se lo impedía, aun así luchaba con tanta fuerza que fui capaz de ver y escuchar como sus hombros se dislocaban y se volvían a colocar en su lugar, era como escuchar los cascos de una manda de caballos que corren por una calle se cemento. Aquel asombroso y pestilente acto me llevo a pensar que el sacerdote lanzaba ácido y no simple agua, así que comencé a gritarle que parara, que era suficiente, que no debía dañar al paciente; pero el párroco no se detenía y continuaba gritando sus alegorías cada vez más fuerte, desesperado me acerqué al párroco rápidamente y detuve su mano justo cuando lanzaba otra dosis, el mortal líquido salió apagado de la botella y se derramó sobre mi mano, pero no ocurrió nada, mi mano sólo estaba mojada pero sin dolor, ni ardor; tal hecho me asombró aún más y pensé por primera vez desde que empecé mi investigación que algo de los hechos metafísicos podría ser verdad.
Confundido me aleje y deje que el clérigo siguiera su ritual, por mi parte después de un momento de estupefacción concebí que no era momento de pensar cuestiones filosóficas y me dediqué a monitorear los signos vitales y decirlos en voz alta para no perder tiempo en anotarlos, además tenía la esperanza que la videograbadora guardará toda la información del ritual además de mis datos médicos. Así pasaron muchos minutos sin que el clérigo o yo observáramos algo de avance, incluso llegué a acostumbrarme a los brincos abruptos de presión, de agresión y a los cambios en la respiración del paciente, parecía que habíamos llegado a un ciclo interminable entre blasfemias, padres nuestros y pupilas dilatadas. Decepcionado el sacerdote me miro con ojos cansados y me dijo que quizá nos precipitamos, que debimos haber esperado por la ayuda experimentada de un exorcista, aunque seguía un poco escéptico al respecto asumí como verdad lo que me decía mi compañero, incluso habíamos casi caído en el aburrimiento; hasta los actos abominables, el miedo y la sorpresa se pueden convertir en rutina si uno se expone demasiado a ellos. Agotados y frustrados el sacerdote dejó sus clamores, yo descuide el hacer médico y por su parte Agustín seguía con odio en sus ojos, con la voz de la vieja y tirando de las correas, de los tres, él era el único que seguía jugando su papel.
Habíamos pasado de la sorpresa al terror y finalmente al aburrimiento, nos mirábamos el clérigo y yo con miradas de cómplice y a la vez de perdedores. Ojalá hubiéramos sucumbido al desinterés y nos hubiésemos ido de prisa, porque mientras estábamos al lado opuesto de la cama de Agustín, este se quedó calmado, muy quieto, igual que cuando llegamos y pensé que estaba muerto. Me causó asombro el hecho ya que era una condición bastante particular, los pacientes psicóticos no entran y salen tan rápido de sus fantasías. Curioso como siempre, me acerqué para comprobar su estado y descartar algún tipo de engaño, estaba a uno o dos pasos de la cama y nuevamente escuché la voz que antes había clamado por mi ayuda, pero está vez lo escuchaba claramente con mis oídos, ya que no llevaba puesto el estetoscopio, la voz decía: Doctor, señor Doctor, ¿se ha cansado?, aún no me ayuda señor Doctor, algo está en mi interior, ayúdeme, ayúdeme. Me paré en seco y voltee para comprobar en la cara del sacerdote que está vez si había escuchado claramente el mensaje, unos segundos después la voz regresó pero era diferente, era la combinación de la voz gruesa y forzada combinada con la de la anciana, la voz de Agustín que escuchamos cuando regresé del baño y había varios otros tonos que no habíamos notado antes, la voz terrible susurraba casi obligándonos a acercarnos para poder entenderla, seguía su pregonar blasfemo y lleno de irá, el mensaje era para mí y mi compañero esta vez: ¿por qué no nos dejan en paz, que no ven que estamos muy bien aquí, que somos uno y habitamos unidos?, lárguense, lárguense y conserven sus vidas y sus almas. Parecía que hasta lo que fuera que causara la condición del paciente, ya sea el demonio o una psicopatología se había dado cuenta de nuestra incompetencia y había decidido dejarnos ir como si nada hubiese pasado, pero en verdad después de esa experiencia ya no podría retomar mi vida como antes.
Cuando escuchamos aquellas cosas el sacerdote y yo nos contemplamos un buen rato considerando que sería mejor retirarnos, pero en un último acto para subsanar nuestra incompetencia mi compañero sacó un pequeño recipiente, del tamaño de una moneda grande, plateado y decorado con grabados estilo barroco al igual que la botella de agua bendita, dentro había alguna especie de cera que según confirmó mi amigo se ocupaba para dar los "santos óleos", es decir, la última bendición para una persona que está por fallecer o que acaba de morir, en su lógica, aplicarle aquella sustancia prepararía a nuestro paciente en su viaje al otro mundo y haría que su alma no permaneciera por tanto tiempo en el purgatorio a pesar de haber padecido por la posesión de no uno sino varios demonios. En cuanto a mi, ya no me interese en descubrir que aplicaría, había aprendido a creer en los demonios y en la santidad después de mi experiencia del agua bendita y las múltiples manifestaciones que había visto y hasta sentido.
Muy despacio el sacerdote froto su dedo índice sobre aquél bálsamo y dibujó en la frente del incansable Agustín una larga cruz, inmediatamente que el clérigo retiró su mano, la marca en la frente del paciente comenzó a crepitar y en unos segundos se convirtió en pus, los bordes de la herida supuraban algo que parecía ser sangre, aunque era tan roja y tan densa que parecía un coágulo de color negro, todo el fenómeno se acompañaba de un fuerte olor putrefacto y azufroso. Mientras miraba la herida el cuerpo de Agustín comenzó a tambalearse y a brincar, el paciente se convulsionaba arrojando espuma verdosa por la boca que poco a poco se teñía de rojo por las mordidas que daba a su lengua, inmediatamente y según mi entrenamiento médico, saqué un abate lenguas de mi maletín y lo coloqué sobre la lengua de Agustín y usé sus dientes superiores para hacer palanca inmovilizar su lengua mientras le giraba la cabeza hacía un costado para evitar que se asfixiara con su propio vómito y sangre, a pesar de la maniobra pude oler el hedor que salía de la boca de aquel individuo, pero me sorprendió más notar como la sangre le comenzaba a brotar de cada una de las divisiones dentales, era como si de un golpe todos sus dientes se fueran a caer, con mi otra mano y estirándome mucho tomé mi pequeña lámpara y dirigí su luz hacía los ojos del paciente los cuales ahora tenían un color rojizo y una mirada completamente pérdida, ya que no mostraban ninguna respuesta ante el estímulo de luz que les aplicaba. Sujetaba la cabeza de Agustín mientras su cuerpo aun brincoteaba, para apoyarme y tratar de detener el estado de shock del paciente mi compañero se colocó al final de la cama y sujetaba las piernas del paciente mientras declamaba una y otra vez el "padre nuestro". Sorprendentemente comenzamos a escuchar nuevamente todas aquellas voces juntas que vociferaban y susurraban, no logramos entender nada de lo que decían por que parecía que lo hacían en un idioma que ni mi compañero ni yo habíamos escuchado antes, las voces declamaban cada vez más fuerte, con más agonía y más desesperación, provocando e mi un profundo terror y nerviosismo, llegué a una alteración tan grande que pensé en tomar mi estetoscopio y estrangular a Agustín. Sin darme cuenta y entre "padres nuestros" y oraciones demoniacas me encontré presionando la cabeza del paciente tan fuerte que casi podía enterrarla en el viejo colchón de la cama, no me detuve ni quería hacerlo, quería terminar con todo asfixiando, matando aquel maldito endemoniado. El párroco no se había dado cuenta de nada de eso pues estaba muy concentrado en no perder ninguna palabra entre todos aquellos lamentos, susurros y gritos que comenzaban a volverme loco. El cuerpo de Agustín no había dejado de tambalearse en ningún momento y en un movimiento completamente inesperado uno de sus pies se soltó de las amarras y sin esperar, lanzó una fuerte patada al párroco, el pie del maldito paso sobre el cuello de mi compañero y le abrió completamente la garganta, la herida era tan profusa que un chorro de sangre calló sobre Agustín y toda la cama, mi amigo quedó estupefacto y parado un segundo al pie de la cama, me miró completamente pálido y por última vez y cayó muerto. Me llené de horror y temía por mi vida aunque continuaba sujetando la cabeza del endemoniado, sentí una gran fuerza en las palmas de mis manos y cuando miré hacia abajo noté los ojos rojos, iracundos y grandes del diablo que me miraba y reclamaba mi alma, de un brinco, me aleje de aquél poseso que comenzó a reírse con la furia de todos los demonios del infierno, me des entendí de todo y comencé a correr para escapar de esa morada del diablo. Salí del cuarto y recorrí el corto pasillo a toda marcha, baje las escaleras tan aprisa que apenas y toqué los escalones cuando estuve en la planta baja corrí hacía la puerta, daba una inspección rápida con la mirada en busca de la vieja, la encontré desmembrada y abierta del abdomen que podía ver sus entrañas y la sangre brotándole por todo el cuerpo, la ansiedad de apoderó de mi porque si la anciana estaba muerta seguramente los demonios habían salido de Agustín y merodeaban por la casa, aquella escalofriante sensación me regreso a la realidad y me apresure aún más a la puerta, estaba a unos cinco pasos de ella cuando una fuerza descomunal me levantó y me arrojo de cara hacia la puerta, supe que estaba herido por que podía sentir mi sangre caliente recorriendo mi frente, perdí el conocimiento cuando la primer gota de mi sangre llegó hasta mis ojos.
Después de mi estremecedora experiencia, desperté en mi casa, quizá hace un par de horas, me encontré sentado recargado en la puerta, con mi maletín a mi lado y todas mis cosas dentro de él, incluso la cámara, la grabadora y todas las cintas; pero una extraña sensación me acompaña, aquella sensación crepitante que inició en mi cuello y me dejó paralizado en más de una ocasión durante mi estancia en la casa del poseído; además aun escucho las voces, incluso creo que ahora están dentro de mi, las escucho en mi cabeza, en mi pecho, en mi abdomen, me cubren y se apoderan de mi. Mi experiencia no puede más que ser cierta, incluso la muerte de mi amigo, compañero y cómplice, quien terminó en un violento acto del demonio.
Amigo lector, escribo esta carta pidiéndole confié en mi, pidiéndole me busque y me ayude, porque ahora yo estoy psicótico, ahora yo soy el histérico, ahora yo estoy poseído por los demonios...
Angel J. Ruiz
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