El deber del amor


Como todos los años, las lluvias de primavera riegan el bosque trayendo nueva vida. Es así como esta historia comienza con una de las criaturas más humildes del bosque: una pequeña rana que se desarrolló solitaria desde larva en un pequeño pozo de agua dulce generado por las aguas primaverales.

Debido a que nuestra protagonista nació casi al final de la primavera, su desarrollo fue incompleto y tuvo que dejar su hogar cuando apenas era un renacuajo para buscar una nueva fuente de agua viva. Para Arvalis, el renacuajo, no fue sencillo darse cuenta de que había perdido su amado charco. Además, apenas contaba con unas diminutas patas traseras y una larga cola que le dificultaban desplazarse por la tierra. Sin embargo, Arvalis necesitaba desplazarse a través del bosque para llegar al Gran Río, en el cual le esperaba el agua más fresca y llena de insectos para comer. Sin mucho cavilar, Arvalis se preparó, inspiró hondo con su meta fijada en el Gran Río. «Mi gran reto inicia hoy», pensó Arvalis y comenzó lentamente a poner su cuerpo en movimiento. Quien hubiera visto a aquel pequeño renacuajo moviéndose podría asegurar que no duraría mucho vivo fuera del agua. Sin embargo, la determinación y constancia de la diminuta rana en desarrollo no tenían comparación.

Después del primer día de arrastrarse por el suelo, Arvalis se detuvo a contemplar un gran árbol, viejo y radiante, fuerte y orgulloso de sí mismo. Su aroma era fresco y daba una permanente sensación de calma. Por un momento, Arvalis pensó que aquel árbol podría ser un buen hogar y que podría terminar su viaje mucho más pronto de lo pensado. Comenzó a pensar que el viaje hasta el Gran Río era demasiado esfuerzo y que no había certeza de poder llegar a él. Convencido de que sería mejor una vida con un solo día de esfuerzo y mucha paz, Arvalis comenzó a buscar un poco de agua acumulada en las raíces del árbol para comenzar su vida debajo de él. Tras un rápido rodeo, Arvalis encontró un pequeño charco, pequeño y algo sucio, que se formaba entre dos gruesas raíces del árbol. En cuanto vio el charco, el renacuajo se lanzó en un gran clavado como símbolo de su gran alegría por haber encontrado su nuevo hogar. Cuando por fin se encontró rodeado de agua, el renacuajo notó que su cola estaba fuera del agua y que la forma de las raíces estorbaba para que pudiera estirar completamente sus patas. A pesar de esto, Arvalis pensó que no estaba mal, que vivir debajo de ese gran árbol valía la pena y que podía vivir con un poco de incomodidad. Así, convencido de haber encontrado su nuevo hogar, Arvalis se quedó dormido.

A la mañana siguiente, justo al despertar, Arvalis notó que el charco se había reducido y que ahora la mitad de su cuerpo se encontraba fuera del agua. Sin embargo, el renacuajo se convenció de que eso podría ser algo temporal y que tras un día o dos el charco volvería a llenarse y esta vez lo cubriría incluso hasta la cola. Mientras el renacuajo se convencía de que todo estaría bien, escuchó un estruendo y sintió cómo las raíces del árbol se movían, haciendo el lugar cada vez más incómodo. Inmediatamente, Arvalis notó cómo el árbol se movía con gran fuerza y estruendo.

— ¿Qué haces ahí abajo, pequeñito? —preguntó el árbol.
— Estoy creando mi hogar entre tus raíces, gran árbol —contestó Arvalis.

Confundido y enternecido, el árbol habló a Arvalis diciendo:

— ¿Por qué has pensado que yo puedo ser tu hogar? ¿No ves que mis raíces no son lugar para un renacuajo? Eres muy pequeño y yo no soy fuente de agua. Mira tu cuerpo, está fuera del agua; mira mis raíces, son ásperas y recias para usarlas como almohada. El agua que se ha acumulado a mis pies es consecuencia de la lluvia, no de mi propia voluntad. Esa agua está estancada y sucia. Además, el agua que cae cerca de mí, la absorbo para crecer, generar mis hojas verdes y mi corteza gruesa. Por lo que nunca habrá agua suficiente para ti. Así ha sido, y así será por siempre.

Arvalis, confrontado por esta realidad, se hizo pequeño intentando mostrar al árbol que un lugar junto a sus raíces era suficiente para vivir. Al ver esto, el árbol, consternado, continuó diciendo:

— Debes darte cuenta, pequeño, que aunque puedo protegerte de las tormentas, aunque puedo darte sombra, y puedo dejarte disfrutar de mi olor, nunca podré proveerte de agua fresca y los nutrientes que necesitas para crecer. Buscar tu hogar en mí es limitar tu propio desarrollo y condenarte a vivir como renacuajo.

A lo que Arvalis respondió:

— Árbol querido, recientemente he nacido en un charco cerca de aquí. He llegado a tus pies y me he maravillado de tu grandeza y esplendor. De tu aroma y tu portento. Reconozco que ahora soy pequeño, pero he de crecer y entonces podré brincar muy alto y moverme a gran velocidad. Solo te pido, hermoso árbol, que me dejes vivir cerca de ti. Que muevas tus raíces para darme un poco de espacio y agua. Quizá tus raíces son duras para usarlas como almohada, pero mi cuerpo es suave y podré adaptarme. Solo te pido, árbol, que me dejes crecer a tu lado. Aunque soy joven, has de saber que mi amor es tan fuerte que debo amar. Déjame amarte y crecer a tus pies.

Conmovido, el árbol respondió dejando caer sus hojas como lágrimas y dijo:

— Tus palabras me han tocado el corazón. Admiro tu valor y entrega. Pero debo rechazar tu amor. Ahora eres pequeño y joven. Sabes que podrás convertirte en una rana y dar saltos enormes y moverte con libertad en el agua y en la tierra. Pero yo no puedo darte lo que me pides. Puedo mover mis raíces y darte el espacio que me pides, pero no puedo pedirle al cielo que me dé más lluvia y agua para ti. No puedo convertir el agua estancada en agua fresca. Soy grande y fuerte, pero duro y estático. Mi grandeza me limita para poder cuidarte con ternura y, aunque intenté no dañarte, mi corteza siempre será dura. No puedo cambiar mi naturaleza, porque soy pino, porque soy árbol y tú un pequeño renacuajo que necesita agua viva. Pero has hablado con verdad, y tus palabras me conmueven. Tu amor es tan fuerte que debes amar. Entonces, toma tu amor, mueve tu cola, estira tus patas, ve y busca dónde nadar y dónde brincar. Porque yo soy árbol y no puedo brincar, ni tampoco nadar.

Arvalis, decepcionado por la seriedad y dureza del árbol, se arrastró fuera de las raíces del pino y sin decir adiós, siguió su viaje hacia el Gran Río. Después de andar unos días más, con algunos días de lluvia y otros de completa sequía, Arvalis decidió descansar al lado de una roca que ofrecía sombra. El pequeño anfibio se quedó dormido durante un día completo para despertar y notar que su larga cola había desaparecido y en su lugar le habían crecido las patas delanteras. Extasiado, Arvalis intentó dar su primer salto, pero sus patas delanteras eran demasiado nuevas e inexpertas en el arte de brincar. Así que lo único que consiguió fue dar un pequeño tumbo y caer de costado. Sin embargo, no reparó en lamentaciones y comenzó a reír, feliz y orgulloso porque a partir de ese momento era una pequeña rana verde y no más un renacuajo. Tal era su excitación que su alegría llamaba la atención de todas las criaturas del bosque cerca de él, principalmente de una bisbita que buscaba semillas y pequeños insectos para el almuerzo. Inmediatamente, la bisbita, de nombre Anthus, se acercó a la nueva rana y se presentó de la siguiente manera:

— Hola, me llamo Anthus, soy una alegre bisbita que vuela y canta. Te he visto despertar e intentar brincar dando tumbos. Yo tengo experiencia en el aire y puedo enseñarte cómo llegar muy alto.

Arvalis, intrigado por las palabras de la bisbita, pero asustado por su excesiva confianza y su encuentro previo con el pino, le dijo con voz desconfiada:

— Soy Arvalis, me acabo de convertir en una rana, por lo que aún no puedo brincar. Nací hace unas semanas y estoy en camino al Gran Río. Aunque aún no sé brincar, sé que podré llegar muy alto. Sin embargo, soy un experto nadador y explorador del bosque. Dentro de mí tengo un amor tan fuerte que debo amar. Pero no he de conformarme con pequeños huecos de agua sucia, ni con espacios pequeños e incómodos para hacer mi hogar.

La bisbita, asombrada por las palabras seguras de la pequeña rana, le dijo:

— ¡Oh, querido Arvalis! Me asombran tus palabras y tu seguridad. Déjame enseñarte cómo domar el aire para poder elevarte muy alto. Te mostraré cómo extiendo mis alas y el viento me deja reposar en él, quedándome suspendido en el aire. Te cantaré con mi agradable voz melodías exquisitas que te harán dormir y también bailar. No tengo ninguna fuente de agua conmigo, pero desde el aire puedo ver todos los árboles y todas las criaturas de este inmenso bosque. Así que podré guiarte desde las alturas en tu viaje al Gran Río. Dame tu amor y toma el mío. Ya que hemos de ponernos en marcha cuanto antes porque el viento nos llama.

Conmocionado y contento de encontrar un compañero y guía, Arvalis se entregó completamente a Anthus para iniciar el viaje cuanto antes. La travesía comenzó de maravilla. Anthus cantaba para Arvalis y le enseñaba a dominar al viento para así, por fin, poder brincar. A pocos días de viaje, Arvalis había casi dominado por completo el arte de brincar. A pesar de su juventud, se sentía como una rana completa porque podía brincar, nadar y explorar el bosque con libertad. Anthus volaba, se movía rápido y libre por el viento, indicando el camino que debían seguir para encontrar arroyos para nadar e insectos para comer. Era un espectáculo fabuloso para Anthus mirar a Arvalis nadar cuando lograban encontrar una fuente de agua fresca en el camino. Sin embargo, había días en los que Anthus tenía la necesidad de volar muy alto, como todas las aves, su lugar y naturaleza estaban en el cielo. Al principio, la pequeña rana disfrutaba el espectáculo de mirar a la bisbita dibujar los más exóticos paisajes en el cielo mientras volaba. Sin embargo, después, sentía una pena en su corazón de no poder brincar tan alto como para alcanzar a Anthus. Además, de vez en cuando, la bisbita hacía cada vez vuelos más altos y largos y Arvalis cada vez lo extrañaba más desde el suelo. En una noche fresca, mientras Arvalis estaba contemplando el reflejo de la luna en un arroyo claro y silencioso, el aire estaba lleno de un misticismo y candor que Arvalis pudo sentir la necesidad de cantar. Entonces, la joven rana infló el pecho, alzó la cabeza y regaló al bosque su primer canto croando. Era la primera vez que la rana croaba y su éxtasis fue tan grande que continuó haciéndolo cada vez más fuerte. Súbitamente, Anthus, que dormía cerca de ahí, se despertó y reclamó a Arvalis por haberlo despertado de la siguiente manera:

— Pequeño compañero mío, ¿qué haces y por qué me despiertas de esta manera? El ruido que emites me ha quitado el sueño y la calma.

Arvalis, sin prestar mucha atención por la excitación de su canto, miró a la bisbita y le dijo emocionado:

— ¡Anthus, escucha, escucha! Puedo croar, puedo cantar como tú. Hoy he aprendido a expresar la melodía que hay en mi pecho y corazón. Hoy he podido cantarle a la luna y expresar mi amor croando.

La bisbita, enojada y ofendida por las palabras de Arvalis, extendió sus alas, sacudió la cabeza y voló cerca de la joven rana para reclamar, diciendo:

— Lo que haces no es cantar. Lo que sale de tu boca no puede compararse con las melodías dulces y agradables que le canto al sol en la mañana. Debes entender, ranita, que cantar es belleza y armonía, no sonidos estruendosos durante la noche que hacen despertar al bosque.

Arvalis, conmocionado por las palabras de la bisbita, miró alrededor y no pudo encontrar a nadie más al que su croar hubiera molestado, excepto por Anthus. Sin embargo, por la añoranza de las alegrías de los días pasados y por no molestar a la bisbita, decidió que dejaría de croar por esa noche.

A la mañana siguiente, Anthus se despertó de mal humor. Para su fortuna, había un sol radiante que le hizo olvidar el croar de Arvalis e inmediatamente comenzó a cantar su melodía de ave. Por el contrario, Arvalis no había podido dormir y sentía en su pecho una presión que lo hacía caminar lento y, además, perdió las ganas de brincar. Como todas las mañanas, la bisbita se elevó más alto que los árboles del bosque, dio un rodeo por el cielo, estiró sus alas, llenó su pecho de aire y, cantando, vislumbró la dirección hacia el Gran Río que cada vez se avecinaba más cerca. Inmediatamente, regresó a tierra a toda velocidad para comunicar a Arvalis la dirección que debían seguir.

A poco andar y entre más pasos que saltos, la joven rana se sentó a descansar junto a un montón de hojas. Así pasó un rato hasta que Anthus notó que su compañero de viaje se había rezagado. Entonces, agitando las alas, regresó sobre su vuelo para encontrar a Arvalis sentado y claramente descompuesto. Preocupada, la bisbita preguntó:

— ¿Qué pasa, amada ranita? ¿Por qué te detienes ahora que el Gran Río se encuentra tan cerca? ¿Qué pasa con tu brincar alegre?

Con mucho pesar y con una fuerte voz, Arvalis respondió croando:

— ¡Hoy, sigo mi camino al Gran Río solo! Soy rana y debo brincar. Soy rana y debo nadar. Soy rana y debo explorar el bosque. Soy rana y debo croar. Mi amor es tan fuerte, que debo amar. Mi croar no es ruido, es mi naturaleza y mi cantar. Te he admirado mientras vuelas y con tu ayuda aprendí a saltar más alto que nunca. Sin embargo, eres un ave y no sabes vivir en la tierra; tu naturaleza está en los cielos y tu hogar en las copas de los árboles. Yo soy rana y mi naturaleza está en el agua fresca y mi hogar en la tierra. Llegar al Gran Río es mi destino, pero para ti solo es una aventura. Así que toma tu amor, abre tus alas, canta tu melodía de ave y ve volando a conocer la inmensidad de los cielos. Porque yo soy rana, y no puedo volar.

Anthus, confundido y molesto, extendió sus alas sin nada que decir y se marchó volando a gran velocidad.

Mientras Anthus se alejaba, Arvalis se levantó del lugar en el que estaba, estiró su pierna derecha y luego la izquierda, croó suavemente y comenzó a saltar despacio. A poco andar, se dio cuenta de que no sabía a dónde debía dirigirse. Durante los últimos días, Anthus se había encargado de ver la dirección hacia el Gran Río volando desde los cielos. Más que nunca, la rana se sintió perdida. Cuando inició su viaje siendo apenas un renacuajo, sabía que su objetivo estaba en llegar al Gran Río. Sin embargo, ahora, en medio del camino, se presentaba una situación en la cual Arvalis había perdido la seguridad de ir en la senda correcta. Había seguido a la bisbita por tantos días que había olvidado cuidar del camino por su cuenta. Porque la visión del bosque desde el cielo de Anthus era diferente a la visión desde el suelo de la joven rana. Para Arvalis fue necesario pasar dos días caminando en círculos y explorando el bosque para poder identificar nuevamente la dirección que debía seguir para llegar al Gran Río. Para ese momento, la rana podía saltar muy alto y moverse rápidamente nadando en cualquier fuente de agua. A pesar de que encontró varias pozas con agua naciente, había puesto su objetivo en alcanzar el Gran Río. Ahora más que nunca, representaba una misión que debía cumplir para lograr su propósito en la vida.

Una vez identificado el camino, Arvalis se puso en marcha saltando tan alto y tan lejos como podía. Cuando llegaba la noche, la rana croaba y contemplaba a la luna como le gustaba tanto hacer. Un día, mientras Arvalis se encontraba en su recorrido, encontró un arroyo fresco de aguas diáfanas. Nadando en una pequeña poza que se formaba entre las rocas, vio un salmón de un color plateado brillante que reflejaba la luz que el arroyo dejaba pasar. Su movimiento al nadar sedujo a Arvalis, quien, apresurado por conocer a aquel salmón, saltó al agua y nadó directamente hacia él. Una vez en la poza y frente al plateado salmón, la rana se presentó:

— Hola, me llamo Arvalis, soy una rana que se encuentra camino al Gran Río. Te he visto nadando y nunca había contemplado tal comunión con el agua. ¿Quién eres tú?

El salmón miró a la rana y sin mucha emoción le respondió:

— Me llamo Reo, soy un salmón plateado. He venido a este bosque desde el mar. He nadado cuesta arriba y me he hecho fuerte. Mis escamas viejas se han caído y en su lugar han nacido estas plateadas que tú admiras tanto. Ahora descanso en este bello arroyo para continuar mi viaje. Vengo del Gran Río y regreso al mar.

La respuesta de Reo asombró a la rana, quien nunca había escuchado a nadie proveniente del mar. Incluso la forma de hablar de Reo tenía otro acento y jovialidad que Arvalis identificó desde las primeras palabras del salmón plateado. Además, el salmón plateado ya había llegado al Gran Río, por lo que Arvalis pensó que Reo podría ayudarle a llegar más rápido a su destino. Con gran interés en saber más del extranjero, le dijo:

— Soy una rana que tiene un amor tan fuerte que debe amar. He recorrido este bosque desde que nací, aprendí a brincar, a nadar y puedo croar. Si has estado en el Gran Río, te pido por favor que me digas cómo llegar. Qué me digas qué es lo que encontraré y cuánto tardaré en llegar. Mi camino ha sido largo y confuso. He saltado en círculos y nadado en aguas sucias. He croado a la luna y llorado bajo el sol.

Reo, quien escuchaba con atención, soltó una pequeña burbuja de su boca, que es la forma en que los peces suspiran. Nadó un poco hacia los lados sin dejar de mirar a la rana y le dijo con calma:

— Lo siento, querido Arvalis, no puedo ayudarte. Mi naturaleza es nadar y no conozco este bosque. Mi camino ha sido contra corriente y duro de seguir para todo aquel que no es salmón como yo. Nadé por días, aprendí a lanzar burbujas y brincar rocas. Intenté quedarme a vivir en un remanso con las algas, pero no era el lugar para mí. Después seguí a un grupo de nutrias por un lago, pero no pude seguirlas cuando su camino las llamó a la tierra. Finalmente, fui casi despedazado por las garras de un oso que deseaba devorarme. Quedé tan mal herido que pensé que no podría nadar nunca más y me dejé arrastrar por la corriente. A pesar de que había nadado tanto, la velocidad del agua me llevaba de regreso al mar como una rama inanimada. Fue hasta que me quedé atorado en este mismo grupo de rocas de este arroyo que pude recuperarme. Las hermosas escamas plateadas que ahora ves han cubierto mis heridas. Sin embargo, el daño que causó la garra del oso todavía está en mi cuerpo. Pasé semanas luchando por mi vida en este mismo estanque cristalino. Cuando mis heridas sanaron, pensé que no sería capaz nuevamente de recorrer el camino hacia el Gran Río. Entonces, pasó por aquí un hermoso camaleón que se acercó a beber agua. Lo vi moviéndose sigiloso y desconfiado. Quedé asombrado por sus colores y su capacidad de ocultarse en el ambiente. Extasiado, le pregunté: «¿Por qué caminas tan lento y por qué cambias tus colores?». El camaleón me explicó que esa era su naturaleza y me contó de su trayecto hacia el Gran Río. Al igual que tú haces conmigo ahora, le pregunté por el camino para llegar al Gran Río e incluso le pedí que me acompañara. A lo que él me respondió que este camino se debe hacer solo. Que el destino al Gran Río está lleno de dolor y confusión, pero que vale la pena, que en el Gran Río está la vida para todas las criaturas del bosque y las respuestas de la naturaleza. Así que en cuanto el camaleón se fue, retomé mi camino hacia el Gran Río y después de un par de días llegué a él.

Sin mucho más que decir, Reo lanzó burbujas deseándole suerte a Arvalis y se fue nadando río abajo hacia el mar. Con mucha más resolución y valentía, la pequeña rana salió del remanso de agua clara y se puso en marcha dando cada vez saltos más largos. Mientras avanzaba, se descubrió a sí misma croando con cada salto. Nadaba cuando había que nadar y brincaba sobre las rocas y los obstáculos cuando había que hacerlo. Tras un par de días, como había dicho el salmón, Arvalis fue capaz de sentir la brisa del Gran Río que arrastraba el viento a través de los árboles del bosque. Con grandes ansias, Arvalis se precipitó cada vez brincando más lejos y croando más fuerte. Así fue que la rana llegó a la orilla del Gran Río y sin dudarlo, se lanzó en un gran clavado que le recordó al que hizo cuando apenas era un renacuajo en un charco sucio a los pies del pino. Sin embargo, esta vez, el agua era fresca y viva. El río era profundo, claro y brillante. Lleno de rocas, algas, peces de todos los tamaños y millones de insectos volando sobre el río y ocultos en las piedras de la playa. Arvalis sucumbió al momento de éxtasis y se quedó dormido boca arriba con las patas extendidas a la orilla del río. Cuando recuperó la conciencia, seguía ahí; a la orilla del Gran Río y con toda la vida que manaba de este. Sin tiempo que perder, comenzó a caminar a la orilla del río para conocer su nuevo hogar y descubrir más de sus secretos. Así pasó días explorando sin poder siquiera imaginar dónde comenzaba el Gran Río y cuál era su final. Así que un buen día, se sentó sobre una roca y se quedó mirando su reflejo en el Gran Río. Con la respiración calmada, Arvalis clamó:

— Yo soy la rana Arvalis, nací en el bosque, aprendí a brincar, a nadar y a croar. Mi naturaleza está en el agua y la tierra. Mi amor es tan fuerte que debo amar.

Sin darse cuenta, la rana comenzó a llorar. Algunas de sus lágrimas llegaban al agua del Gran Río, distorsionando su propia imagen reflejada. Pero otras más eran arrastradas por el viento y convertidas en pequeñas gotas de rocío. Súbitamente, desde la brisa, el Gran Río comenzó a hablarle a la sabia rana:

— Mi amado Arvalis, hoy por fin te reúnes conmigo nuevamente. No te sorprendas de que te conozco y sé de ti. Soy yo quien alimenta al bosque y lo llena de vida. Cuando el sol evapora mis aguas, me junto con la tierra en forma de lluvia y entonces baño los árboles, mojo la tierra y creo los charcos, pozos y arroyos en los que tú has nacido y vivido. Conozco todo el bosque, incluso desde el cielo. Ya que cuando llueve, mis gotas recorren el cielo y se filtran por la tierra para volver hacia mí. Así que, Arvalis, hijo mío, como una de esas gotas, hoy te has reunido conmigo otra vez. He visto tu camino y compartido tu dolor, te vi saltar y nadar. Cuando aprendiste a croar mirando el reflejo de la luna en un pozo de agua, yo te acompañé, calmando las aguas para que pudieras reflejar tu rostro también, pero no lo notaste. Cuando quisiste hacer tu hogar en las raíces del pino, yo guié con mi brisa tu aroma hacia el pino para que él notara tu presencia. Eras muy pequeño y temía que pudiera lastimarte con su gruesa corteza. Fui yo quien hizo el arroyo diáfano para que pudieras encontrar a Reo y también fui yo quien te guió hacia mí desde el principio con el aroma de mis aguas a través del bosque. Y fui yo quien puso en tu corazón ese amor tan fuerte que debes amar. Aunque te ha causado dolor, quiero explicarte por qué te di ese regalo. En tu viaje hacia mí, has aprendido sobre tu naturaleza y has entregado tu amor. En tu condición de rana, has aprendido a amar tu naturaleza y a entregar tu amor al brincar, nadar y croar. Ese es tu tesoro, porque has aprendido a entregar el amor que te di. El pino ama como el pino, el ave como el ave, el pez como el pez y la rana como rana. Cuando el amor es tan fuerte que se debe amar, entonces entrega tu amor como rana; salta, nada y croa. Si algún ser del bosque te ama como rana, entonces da tu amor sin medida. Pero si no puedes amar a saltos, nadando ni cantando, entonces toma tu amor y llévatelo contigo a otro lugar. Guárdalo dentro de ti si es necesario, porque ese amor te pertenece y está dentro de ti. Y ese amor tan fuerte que debes amar es el amor incondicional de conocerte a ti mismo. Pero he de advertirte, amado Arvalis, que debes ser cuidadoso y estar atento al amor que recibes también. Porque dar sin recibir cansa, porque dar sin recibir enfada, porque dar sin recibir puede hacerte perder tu naturaleza. Ahora que he hablado, he de volver a llenar el bosque con mis aguas. Pero siempre que me busques, mira tu reflejo en el agua y escúchame fluyendo dentro de ti. Ahí estaré, siempre contigo. Porque mi amor es tan fuerte que debo amar.

Comentarios

  1. Aaahhhh !!!!! Que hermoso!! Disfruté mucho leerlo. Gracias a Dios por tu vida y por tan hermosa imaginación.

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  2. Muy buen trabajo, me ha fascinado mucho! Sigue escribiendo Angel, es un lindo cuento. Con una gran lección de vida. 😀😉. Leerte es fascinante!
    Sigue haciéndolo!

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