Cuestión de Honor

Los sucesos que definen lo que somos en la vida o el camino que seguimos pocas veces tiene que ver con los planes. Muchas veces guiamos nuestras decisiones por pequeños detalles. Fragmentos de sentimientos, emociones, pasiones o simples impulsos que consideramos lo suficientemente importantes como para ser el sustento de nuestras decisiones y situaciones futuras.

Elegimos nuestra profesión por una pasión desconocida, una vocación poco entendida que ocurre al final de nuestra adolescencia. Pero que nos emociona a tal grado que nos vemos como químicos, abogados, arquitectos, etc. La simple idea o ilusión de pensar en lo que podemos convertirnos es suficiente para guiar nuestra dirección hasta conseguir dicha meta. Aunque es claro que en ocaciones nos damos cuenta que nos equivocamos de carrera y desearíamos mejor desertar.

De la misma forma ocurre cuando elegimos a los amigos que nos acompañaran a lo largo de la vida y por supuesto a la persona con la que deseamos formar una familia. No es que no los amemos, eso no es lo que discuto. Lo que quiero poner sobre la mesa son lo pequeños detalles que nos llevan a tomar las decisiones que tendremos que soportar en el futuro. Si bien es claro que sentimos un profundo amor por nuestra pareja, pocas veces recordamos cual fue el momento justo en el que nos enamoramos o que situación desencadenó ese enamoramiento. Tal vez una simple mirada, una comida, un beso, verla o verlo desarrollando alguna actividad extraordinaria o cotidiana. Es difícil identificar que momento fue a veces incluso si lo pensamos con detenimiento.

Sabemos claramente que cuando tomamos decisiones directamente vienen responsabilidades ligadas a ellas. Consecuencias que no podemos esquivar. No necesariamente son pesarosas, sin embargo, nadie puede negar ni escapar de las consecuencias de sus elecciones. Pero, ¿qué pasa con las personas que amamos cuando tomamos decisiones pensando en nosotros?.

Quien me conoce personalmente sabe que defiendo la idea de ser “egoístamente positivo”, es decir, de pensar en el bienestar propio antes que en el de los demás. Puesto que nadie puede dar lo que no tiene para si mismo, incluyendo el amor y el respeto. Pero, ¿eso puede implicar lastimar a los demás por satisfacerse a uno mismo?.

Si bien los detalles guían nuestras decisiones y nuestras decisiones a su vez traen responsabilidades. ¿Que deberíamos considerar para tomar una decisión que afectará nuestro futuro y que seguramente tendrá un impacto en nuestros seres queridos?. La respuesta no es fácil y las implicaciones de nuestra elección quizá hagan que desertemos en más de una ocasión de nuestros planes a fin de no confrontarnos con el sentimiento de haber traicionado o herido a un ser querido. Sin embargo, en mi opinión no debemos de desertar en nuestras desiciones por temor o por evitar el sentimiento de traición. De hecho para ser egoístamente positivo y disfrutar lo que significa a plenitud debemos también ser prudentes. La prudencia quizá eso sea lo más complicado, difícil de entender y de conseguir cuando deseamos ser la mejor versión de nosotros mismos. 

La prudencia en realidad no es un regalo ni tampoco llega con la edad. La prudencia no es consecuencia de la madurez. Si no viceversa, la madurez es consecuencia de la prudencia. Puesto que ser prudente implica actuar con respeto, responsabilidad, raciocinio e incluso fe. Es la capacidad de analizar posibles situaciones con la finalidad de elegir aquella que sea más conveniente o en el peor de los casos, menos perjudicial para uno mismo y los demás. Considero que sólo hay un camino para adquirir prudencia y no se basa en la inteligencia, sino en la honestidad. Es decir, en la capacidad para expresarnos con verdad sobre lo que pensamos, sobre lo que sentimos, percibimos o deseamos. No hay virtud más grande en mi opinión que la honestidad, por que sólo de esa forma se alcanza el autoconocimiento. En la medida que dejamos de mentirnos y engañarnos tratando de convencernos que así estamos bien, que ese trabajo es para nosotros, que esa persona es la que deseamos para nuestra vida. Y comenzamos a ser honestos con nosotros mismos sobre lo que deseamos, sobre lo que queremos lograr o dejar de hacer. Entonces y sólo entonces comenzamos a conocernos a nosotros mismo y a ser congruentes con lo que deseamos y a donde queremos ir. 

Si cuando hacemos elecciones actuamos con prudencia y honestidad entonces es posible que estemos decidiendo de la mejor manera. Pero eso no implica que no lastimaremos a nuestros seres queridos. Y quizá tampoco implique que causaremos el menor daño. Pero al menos tendremos la virtud y la certeza de no haber hecho una elección por impulso o pura emoción.

Por esta razón, he titulado este escrito “Cuestión de Honor” con H mayúscula. Por que aquel que entiende la prudencia o se esfuerza por actuar con honestidad sabe que tomar desiciones se convierte en una cuestión de Honor. En una responsabilidad entre conseguir lo mejor para si mismo además de cuidar no faltar al respeto ni al mérito de los demás.

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