El Predicador hasta el 14/Ene/2014

El Predicador

Ésta semana ha sido muy especial para mi por que he comenzado a escribir dos textos muy importantes, en primer lugar está mi tesis, la cual me servirá para titularme como licenciado en Químico Farmacéutico Biólogo, y el segundo texto importante y el que más me emociona (en verdad) es mi primer novela, no he terminado el primer capitulo pero les dejo un adelanto de lo que he escrito, espero lo disfruten tanto como yo he disfrutado escribiéndolo en el trasporte público y en cualquier espacio que elijo como "oportuno".

El predicador

Esa mañana me levanté si nada que hacer, así como había despertado durante los 193 días desde mi retiro, con la boca seca y los ojos hinchados, el olor al alcohol ya se había impregnado en mi ropa y en mis sabanas, la falta de alimento había logrado robarme más de 5 kilos en apenas una semana; supe que pasaba del medio día por que el televisor que siempre mantenía encendido se presentaba el programa de Timothy Akerman sobre salud, nutrición y bienestar. Imbécil, pensé de Timothy mientras él presentaba al famoso Dr. Pearson, investigador emérito y ampliamente premiado por sus estudios sobre un extraño tubérculo brasileño que según su composición nutricional podía proporcionar cerca de 1500 calorías por cada 150 g de producto y que por ese motivo representaba un verdadero milagro para combatir la desnutrición. O al menos eso escuche antes de cambiar de canal a los videos musicales donde Lupita Estrada presentaba su nuevo tema "ámame sin miedo"; que buena está esa vieja, pensé mientras miraba embobado el movimiento de sus caderas, su largo pelo castaño obscuro, esos ojos color miel y una boca rosada que se abría y cerraba al compás de:

Amañé mi cielo, amañé sin miedo, porque tu amor me hace fuerte, porque me hace valiente, amañé sin medida, quiéreme con pasión, porque en quererte y amarte está mi alegría.

Mientras Lupita cantaba otra estrofa me incorpore en la cama y permanecí sentado un rato en el borde, en el piso de mi abandonado apartamento estaban las 8 camisas, los tres pantalones y el par de zapatos que formaban la totalidad de mi armario, elegí al azar un conjunto y me vestía ahora con un fondo musical mucho más moderno y sintético, Lupita había terminado la interpretación de su melosa canción, sin ver a quien correspondía esa nueva canción me levanté de la cama aunque no me fue fácil y tarde unos segundos en adaptarme al tambaleo de mi cuerpo debido a la resaca, la pequeña mesa de madera estaba llena de botellas de vacías o a medio volumen de wiski, vodka, ron, tequila y de algunas bebidas alcohólicas que por su precio era difícil precisar de qué licor se trataba. ¿Pero qué más podía comprar con los 800 dólares que me daban por mi retiro? Gastaba 300 en la renta 250 en mantenerme lo suficientemente ebrio para no recordar o para recordar sin dolor lo que viví mientras fui detective en La Gran Ciudad y el resto en comida y en proveerme de vez en cuando una compañía ya sea de algún amigo en un bar o de una mujer que por unos cuantos dólares estaba dispuesta a olvidar que apestaba a alcohol y orines por brindarme cariño y pasar conmigo una noche.

Debía comer algo, mi abstinencia me lo exigía y el aguijón del hambre se clavaba furioso en mi abdomen, la pizza fría que me salvaba todos los días se había terminado hace no sé cuánto, pero no quería salir, el sol lastimaba profusamente mis ojos debido a mi constante ebriedad y resaca, razón por la que mantenía las cortinas tapando las ventanas todo el tiempo y evitaba prender la luz del apartamento, mi única fuente de luz era el televisor que ahora presentaba los videos más exitosos de los 80's.

Había decidido salir del apartamento una vez que encontrara mis lentes oscuros, los encontré dentro del cajón del buró junto a mi cama, el cual contenía entre otras cosas mi cartera y las dos fotos de mi esposa y mi hija que había decidido conservar, estuve a punto de caer en la cama otra vez, vencido por el recuerdo y la culpa amarga como hiel que destruía mi alma, pero solo me tragué mi agria saliva, saqué los lentes y la cartera y cerré el cajón del buro bruscamente; algo andaba mal conmigo, ese asqueroso sabor en mi boca, diferente al del alcohol añejado me obligaba a vomitar, pero no quería ser presa de mis recuerdos nuevamente, además necesitaba comer, de seguir así en un par de días ya ni siquiera habría podido levantarme al baño. Encorvado me acerque a la pequeña mesa de madera y vacié una botella de tequila que contenía el suficiente licor como para devolverme a mi estado de fuga y amnesia emocional. Después, me paré frente a la puerta cerrada, me coloqué los lentes y camine poco a poco hacia la luz que entraba del pasillo al apartamento hasta que finalmente me encontré en él. Me tambaleaba y no me era fácil bajar las escaleras,  creo que uno nunca se puede adaptar lo suficiente a la ebriedad como para hacer las cosas más simples sin trabajo.

Unos minutos más tarde estaba en la calle del edificio donde vivía, revisé mi cartera esperanzado de que tuviera el suficiente dinero para un estofado con ensalada y una cerveza, pero dentro solo había 14 dólares y medio y pensé "maldita sea, debí revisar antes la cartera y pude haber pedido la pizza sin salir a la calle". Pero confíe en que salir me haría un poco de bien y resolví ir a la cafetería del centro, cerca del hospital en el cual uno podía comer una chuleta de cerdo y puré de papá por 9 dólares, además incluía refresco. El comercial de la cafetería resonando en mi cabeza me dio algo de gracia y no pude evitar sonreír. Quien hubiese visto esa escena seguramente se mofaría de mí, un borracho y mugroso y ridículo hombre de 38 años riendo por comerciales sobre comida.

Caminé durante unos 10 minutos hasta el centro donde una placa empotrada en la fuente decía "centro de Santa Cecilia, pueblo fundado en 1683" continué mi camino hacia la cafetería recordando el día en que huyendo de La Gran Ciudad y de la muerte de mi familia entera había corrido a Santa Cecilia a refugiarme en la soledad y la calma y que después de unos días había recibido del departamento de policía, de la división de investigación y criminología el "retiro forzoso por incapacidad"; una bofetada a mi orgullo y disparo final que necesitaba para terminar con todo lo que alguna vez había tenido sentido en mi vida. Para mí fue una condena una carta de permiso para el suicidio, pero llevaba mucho tiempo vivo después de eso, así que creo que aparte de todo, también era un cobarde.

Pensando en eso llegue hasta la cafetería, entre y me senté en la mesa del rincón y comencé a leer el menú esperando pacientemente a que la mesera tomara mi orden después de todo, no tenía nada mejor que hacer ¿O sí? No tuve que esperar mucho una jovencita de unos 19 años, delgada y de piernas largas se acercó y dulcemente dijo:

- buenas tardes señor, bienvenido, ¿Está listo para ordenar?

Yo solo asentí con la cabeza, y sin quitar en menú de mi vista contesté.

- Quiero la chuleta ahumada y el puré de papas, de refresco quiero uno de manzana.

Inmediatamente la mesera notó que no había leído el menú que ordenaba lo del comercial, lo supe por su sonrisa de complicidad y humor. Pero se limitó a decirme

- Enseguida, señor.

Durante diez minutos mantuve mi mente distraída en el menú, mientras esperaba mi comida. Nuevamente la mesera se acercó y colocó frente a mí un plato blanco con mi orden y unos cubiertos envueltos en una servilleta, caminó hacia la derecha de mí y saco del refrigerador una lata de refresco de manzana, la puso en mi mesa y sin mirarme, mientras daba la vuelta para ir a la mesa de algún otro comensal me dijo

 -buen provecho señor, que disfrute su comida.

Una vez que se fue me dispuse a aprovechar mis alimentos al final de todo, no era solo la chuleta o el puré, era mi valor para salir de mi largo encierro. Decidí disfrutar tanto mi comida que hasta pensé que podría ser bueno de vez en cuando salir y pasar el día fuera; pero quizá estaba siendo demasiado optimista. Me pase todo el tiempo en que habría pasado desde que me fui de la ciudad y lo que había hecho y dejado de hacer al estar encerrado en mi apartamento, nunca pensé en el futuro porque me atemorizaba, me daba miedo descubrir que pasaría el tiempo restante de mi vida sumido en la profunda oscuridad de mi alma y el castigo de mis emociones, la piel se me crispaba solo de pensar en infinita depresión. Un nudo en la garganta y el posterior trago a mi refresco me sacaron de mi ensimismamiento y me colocaron de nuevo en el restaurante solo para notar que mi plato estaba vacío, que mi hambre había cedido por lo menos un tiempo y que había pasado más de una hora desde mi llegada a la cafetería.

En mi mente estaba la esperanza de haberme fugado en mis pensamientos sin necesidad de alcohol, sin necesidad del claustro y de la oscuridad, si bien era una ilusión y una esperanza falsa y apática en la cual nada ocurre, eso me dio la fe de que quizá algún día podría salir de mi apartamento y hacer algo con el resto de mi vida. Desafortunadamente vinieron a mí los recuerdos que me demostraban que mi vida ya no tenía ningún sentido ni propósito y la esperanza recién adquirida murió y yo la enterré con mis propias manos, convencido de que debía quitarme la vida o esperar a que el tiempo lo hiciera, finalmente, el tiempo no es cobarde.

Triste y más decaído que antes pedí la cuenta a la mesera, antes de que ella volviera y como yo sabía el precio justo de lo que había pedido, deje sobre la mesa once dólares, que pagarían la cuenta y le darían a la linda mesera su propina, pensaba en que me gustaría que ella creyera que soy un buen tipo.

Cuando salí de la cafetería mi resaca y mi tambaleo habían terminado casi por completo, era agradable volverse a sentir firme y seguro, sin mirar al frente seguí mi camino hasta mi apartamento, por primera vez no regresaba con una botella en mi mano; no porque hubiese decidido no beber más, sino porque el dinero era insuficiente y tenía algunas botellas en mi cuarto que me faltaban por vaciar. En ese instante al verme sin dinero para mi oportuna provisión alcohólica pensé que haberle dado dos dólares de propina a la mesera por una orden de nueve no fue tan buena idea.

Me metí al apartamento y me quite los lentes negros, de los cuales no me había desprovisto en ningún momento, me dirigí al buró y los guardé con la cartera sin mirar las fotos, la tele seguía encendida en no sé qué vídeo musical pero me dirigía a la mesa con las botellas cuando note un parpadeo del teléfono sobre el buró...




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